“Encontrar la vida divina en las profundidades de la realidad es una misión de esperanza confiada a los Jesuitas”

CG35, d2, n8

¿POR QUÉ LA MISA ABURRE?
Emmanuel Sicre SJ reflexiona en torno a la misa y cómo podemos resignificarla y animar su participación.

No es extraño escuchar que para muchos, la misa es un ritual sumamente aburrido. Otros, asisten sin cuestionarlo, pero sin comprender mucho el sentido de estar ahí. Como el ritual va perdiendo el sentido para los que participan fervientemente, menos son aún las posibilidades de transmitirlo a otros. 

Por Emmanuel Sicre, SJ

En el contexto de la desmedida cultura del entretenimiento, de la banalización de las tradiciones, de la autoridad deslucida de los relatos fundadores de identidad, y de la inflación de un ego desilusionado de sí mismo, la misa se encuentra rodeada y cuestionada. Especialmente, por los espíritus más jóvenes. Lógico, son ellos los que reclaman el sentido a los mayores y los que señalan las grietas de la realidad que están heredando.

La misa viene sufriendo desde hace tiempo los efectos del contexto de manera contundente. El hecho de que en más de una celebración nadie conozca, ni le interese conocer muchas veces, a nadie, se llama individualismo.

Que la misa sea un acto particular al que cada uno va a hacer lo suyo y no mueve un pelo del compromiso social, se llama privatización de fe. Que todo esté centrado en el sacerdote y el resto sólo pueda participar ayudándole a algo que él podría hacer perfectamente solo, se llama clericalismo. Que nadie comprenda bien el porqué de cada movimiento, de cada palabra, de cada gesto y se limite a repetir automáticamente, se llama ritualismo. Que uno vaya a misa pudiendo no haber ido y sentirse igual al salir, se llama pasividad. Que algunos sientan el peso de tener que ir por precepto, o sentir culpa por no ir, o enojarse porque no quieren que los presionen a hacer algo que no quieren, se llama obligatoriedad. Que se controle las conciencias, se llama impiedad.

Que algunos atribuyan a la misa efectos mágicos al encerrarse en el templo olvidándose de los demás, se llama devocionalismo. Que aún se pague por misas a difuntos u otras cuestiones, que se les rece una determinada cantidad, o que el cura reciba por cada misa celebrada un estipendio, se llama mentalidad administrativa. Que el marco formal de cada memoria patria o familiar incluya una misa porque toca, se llama ‘misismo’. Que el cura someta a los fieles a escucharlo incansablemente, se llama autoritarismo. Y así…

Ante este panorama se hace evidente que hay que cambiar de paradigma, y atender a que el culto debe ser una expresión antropológica de la existencia humana. Hay que llevar a cabo una liturgia que sea fuente y culmen de una vivencia personal y comunitaria. Es necesario tener la experiencia de celebrar el sentido que renueva la historia cotidiana. Es decir, pasar de la misa a la eucaristía.

Este cuestionamiento al que nos lleva el contexto actual nos remite a la pregunta tan refrescante por los orígenes de la eucaristía. ¿De dónde viene? ¿Qué se hacía en ella? ¿Acaso Jesús también aburría con sus ‘misas’?

Lo humano de la eucaristía: comer y beber juntos

Pensar que la eucaristía cayó del cielo como el maná del Antiguo Testamento no puede ser más que una metáfora. La raíz de la eucaristía encuentra en las acciones humanas del comer y beber juntos su realidad más próxima.

En este sentido, todo comenzó compartiendo la mesa. Y un acto tan cotidiano como el de comer y beber juntos es el fundamento de toda humanización. Porque no comemos solo para alimentarnos biológicamente, sino porque en la mesa también nos nutrimos de la vida compartida.

La mesa, además, es símbolo de socialización porque nos hace ir más allá de nosotros mismos como seres individuales. (Todo lo contrario al fast food de la cajita feliz personal). El compartir una mesa larga de domingo entre amigos y familiares, sin tiempo, hace para todos la casa feliz.

Lo impresionante de esta realidad del convivir en la mesa, es que se trata de algo que va más allá de las culturas que son las que le dan el color particular a un hecho global como es sentarse a comer y beber. En efecto, esto es lo que hace que dicha vivencia sea algo que nos lance a una experiencia religiosa y profundamente trascendente, por eso la mesa es símbolo de celebración, de fiesta, de conmemoración, de encuentro, entre quienes tienen un vínculo real.

El comer y beber juntos de Jesús

Sin embargo, nos preguntamos ¿qué relación tiene la mesa de cada día con la celebración de la eucaristía? ¿Qué tiene que ver Jesús aquí? ¿Es la eucaristía un invento de la religión? ¿Por qué la última cena de Jesús con sus discípulos?

Siendo fieles a la historia, sabemos por lo que nos cuentan Pablo, primero, y los evangelios después, que la última cena de Jesús fue un hecho histórico. Más allá de los énfasis de cada uno, la cuestión es que Jesús tuvo una cena de despedida con sus amigos en donde pasó algo muy significativo que no se ha perdido de vista hasta ahora. ¿No llama la atención que desde hace dos mil años se esté conmemorando este hecho? La verdad que sí.

Resulta que la última cena de Jesús con sus seguidores fue la parábola más clara de lo que había sido toda su vida. ¿Por qué? Porque es en aquella mesa donde Jesús se pone a servirles indicándoles que Dios ha venido perdonar a los arrepentidos, a incluir a los marginados, a curar a los enfermos, a llamar a los necesitados de amor, justicia y paz. Porque es en aquella mesa donde el pan se parte y se reparte señalando cómo es que él quería quedarse entre ellos, haciéndolos una comunidad de hermanos y hermanas. Porque en aquella cena comenzó a girar el vino haciendo que todos bebieran de la misma copa, y con este gesto se revelaba que, para vivir en alianza con él, hay que compartir la misma suerte de entrega absoluta a los demás. Con esta cena se condensaba todo el sentido de su anuncio del Reino de Dios.

Comer y beber juntos después de Jesús

Los primeros creyentes en Jesús después de su muerte y resurrección comenzaron a reunirse y a recordar a su maestro. Una vez que había pasado la angustia de la pasión, sintieron la memoria viva del Señor como una presencia clara de Jesús resucitado. Fue esta experiencia la que los llevó a congregarse en pequeñas reuniones a las que llamaban comunidad de mesa para compartir y celebrar la herencia recibida en el mensaje y la vida del resucitado.

Fue así que, según donde se iba regando la noticia de un tal Jesús por la acción de los misioneros como Pablo, se constituían comunidades de creyentes en esta nueva noticia de Dios que había venido en la persona de Cristo a salvarlos de sus debilidades. Fue en estas reuniones donde comenzaron a comprender que lo de Jesucristo no había sido un sacrificio expiatorio de autoinmolación violenta al que su Padre lo había obligado; sino que era un ofrecimiento de amor gratuito de un hijo agradecido y de autodonación generosa para restablecer el vínculo de Dios con los seres humanos, que sus propias fragilidades habían dañado. Por eso, la muerte y resurrección de Jesús es el punto de inflexión de toda la historia.

La eucaristía de las primeras comunidades recogía en la mesa la acción de gracias por este servicio tan grande y definitivo que Jesús había hecho; a la vez que celebraba su presencia resucitada, anunciaba la buena noticia que él había anunciado a través de los relatos de su vida (la Palabra), y les hacía vivir lo que él les recomendó hasta que volviera: la fraternidad, el ser hijos de un mismo Padre. Sin embargo, desde los inicios no fue fácil comprender esto y Pablo los regaña porque las mesas se habían convertido en motivo de borracheras y olvido de los más necesitados de la comunidad. (Cf. 1Co 11).

Comer y beber juntos hoy: sin vínculo no hay eucaristía

Hasta aquí el contraste con el planteamiento inicial pareciera irreconciliable. ¿Qué de comunitarias tienen nuestras eucaristías? ¿Qué de todo esto celebran nuestras misas preocupadas, muchas veces, por superficialidades? ¿Qué nos queda de la eucaristía como banquete del Reino de amor, justicia y paz? ¿No sería vital pasar de la misa a la eucaristía? ¿No estaría bueno acaso que nuestras reuniones eucarísticas tengan esa fragancia de abrazo, de comunión, de entrega para vivir la vida cotidiana de una manera más luminosa para el mundo?

Decimos, sin miedo a equivocarnos, que sin vínculo no hay eucaristía. Si la vida, muerte y resurrección de Jesús restableció nuestro vínculo con Dios para siempre, la eucaristía es el símbolo incompleto de esta realidad. Incompleto porque hasta que todos no puedan compartir el banquete del Reino de Jesús ya sea por hambre, por injusticia, ignorancia, o cerrazón, en la fiesta nos faltan seres por querer. Por eso es necesario descubrir la íntima unidad que hay entre la mesa compartida y la justicia social, entre la vida vivida y la celebración litúrgica, entre la experiencia religiosa y la sed de alianza con el Dios de Jesús. Esta es, en términos antiguos, la verdadera sustancia del cuerpo y sangre de Jesús: vivir la entrega hasta dar la vida para que seamos la familia humana que el Buen Dios soñó desde siempre.